
Una vez, cuando los anillos recién empezaban a acostumbrarse a sus anulares, ellos fueron felices, se amaron tanto que las estrellas envidiaban el brillo de esos cuatro ojos cuando las miradas se quedaban entrelazadas entre ellas, desafiando impunemente al tiempo. Pero esa eternidad, aplastada por la realidad de la rutina y el peso de los problemas, empezó a percudir el brillo hasta que el amor dejó de ser el lenguaje entre los dos. Una noche, cansado de esa absurda soledad compartida, él se levantó de su desvelo y suavemente despertó a su esposa.
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