
Tac, tac, tac. Las gotas de la mañana caían con rítmica complicidad mientras el reloj les advertía la pronta despedida. Una lágrima predecía el final, una triste y solitaria lágrima, inexplicablemente surgía de sus ojos disfrazada de emoción.
Él, en completo silencio, entrelazó su mano con la de ella, suavemente, mirándola como si allí pudiera ver su destino, como si su piel condensara el secreto de su felicidad.
Un beso apasionado selló la ingenua despedida, prometiendo inútilmente volver a fusionar los labios que pronto se humedecerían, unos con dulce rojo, otros con incolora sal.
Tac, tac, tac. El camino que los alejaba se tornaba lento. Una gota regular iba susurrando el presagio. Tac, tac, tac, todas sus fuerzas presionando, su vida entera sobre el inerte pedal; tac, tac, tac, sin respuesta. Tac, tac ..., los últimos vestigios junto a dos huellas rasgadas que se perdían en la oscuridad, a orillas del camino. Tac, tac, tac, la sangre. Muy atrás, las lágrimas.
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