
Dos semanas sin saber nada, una carta de despedida y varios paquetes de pañuelos descartables. El silencio de la casa, preámbulo de la desgracia, anunciaba la tormenta. Un revólver sobre la mesa, una caja de balas a un costado y los recuerdos atormentando los segundos. La cruel memoria apuntaba al corazón directamente, sin tregua, sin piedad, exigiendo el final.
Los golpes en la puerta interrumpieron la tensión. Los gritos desesperados le devolvieron la esperanza a una mujer confundida que buscaba una voz conocida detrás de aquel panel de roble que separa la enorme mansión de la cotidianeidad de la calle.
Ella miró el arma y miró la puerta. Luego, cerró los ojos inundados y empezó a contar. ¿Cuántos pasos había desde la mesa hasta la salvación?, ¿cuántas balas, hasta la muerte?. La voz se hacía oír cada vez más. Ella conocía a su dueño, conocía tanto su voz como su letra. Él volvía. Finalmente, regresaba a su lado. Se puso de pie pero las dudas seguían pesando, y ese peso la obligó a sentarse nuevamente. Recordó el mensaje de despedida que ella misma había dejado en el contestador del teléfono y recapacitó pensando en la actitud evasiva de su marido durante los últimos meses, en las discusiones y en la angustia al encontrar las pruebas de su infidelidad. En vano, había intentado retenerlo, pero él no deseaba quedarse.
No tenía por qué elegir. Empezó a contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete…, ocho…, nueve…
Los gritos de él cesaron al escuchar la cerradura, le llamó la atención que la puerta no se abriera y la empujó. Dos disparos resonaron en el silencio de la noche mientras los cuerpos caían en el umbral, casi abrazados.
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