
Comprendí que siempre la selva superaría mis expectativas, cuando decidí, por primera vez, dejar de sobrevolarla e internarme entre sus frondosos árboles”.
Katy, una catita santiagueña, se había mudado hacía unos meses a Brasil, junto a una familia de argentinos. Los García eran muy buenos pero, cuando invitaban a sus nuevos amigos a la casa, éstos hablaban demasiado raro... ¡con lo que le había costado el español!... Así, decidió volver a su país, huir de aquellas voces que la confundían y regresar a ese idioma que había adoptado desde muy pequeña.
Así, desorientada, conoció el Amazonas y lo siguió creyendo que era el Río de la Plata pero, cuanto más se adentraba, más extraño le resultaba el lugar sobre el cual volaba.
Katy giró y giró alejándose cada vez más del río, hasta que se dio cuenta que estaba perdida y decidió descender.
Cuando penetró entre las ramas de un árbol posándose en una de ellas, tuvo que esperar un rato para que se acostumbraran sus ojos a la oscuridad y sus orificios olfativos al olor a humedad. A los segundos vio un extraño pájaro de cuerpo azul con un sombrero rojo que se erguía sobre su cabeza; era tres veces mayor que él. El curioso animal la inspeccionó de arriba abajo, luego, le hizo señas para que lo siguiera.
Ambas aves alzaron el vuelo, esquivando armoniosamente los troncos que, extrañamente, no eran marrones sino verdosos. En algunas zonas, la luz se filtraba como si quisiera clavar los rayos en el suelo cubierto de hojas pero, generalmente, se interponía alguna rama o arbustos de distintos tamaños.

__ Señooor, señooor__ dije al pájaro tratando de llamar su atención__ ¿a dóooonde me lleeeeeva?, por favooooor.
Él respondió algo que apenas podía escuchar pero no entender”
Katy se acercó y repitió la pregunta pero el pájaro no hablaba español, ni siquiera hablaba idioma alguno. Sin embargo, después de varias horas de vuelo, ambos salieron de los árboles y se encontraron con el horizonte azul: El Atlántico. El pájaro dobló siguiendo la costa hasta que pudo ver las primeras casas donde se dirigió para posarse encima.
“Con un ala me señaló hacia una dirección, luego, hizo un saludo y levantó nuevamente el vuelo volviendo por donde habíamos venido.
Así fue como Katy llegó a Uruguay donde rápidamente encontró a otra catita sobre una jaula, en el patio de una casa. Aprovechó y comió lo que había allí descubriendo el hambre que traía acumulado, aunque su mayor alegría fue escuchar a una persona hablar su idioma, alguien que se acercaba sorprendida a la jaula diciendo: __ Mira Luis. Se clonó la cata.
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