
Ella no se fijó ni un segundo en su rostro rosado mientras el espejo intentaba advertir que la tristeza iba a arruinar su gran noche. Las copas parecían inofensivas pero su voz guiaba poco a poco al alcohol que hacía efecto en su garganta.
Sus pensamientos roncaban en el sueño más amargo de la soledad mientras la función esperaba por comenzar y los gritos desaforados de la audiencia pedían la presencia de la ídola que, una vez más, tenía que dejar su persona a un lado para convertirse en el personaje mediático del canal, aquel que todos quieren, todos menos él, su único e inalcanzable amor.
La pantalla reflejaba el ultimátum de una relación eclipsada por la fama y la responsabilidad de las estrellas. Él miraba el fondo azul con letras blancas pensando en los sueños perdidos por una estrella que brillaba más en su corazón que en cualquier otro lado, una fría estrella que esa noche se estaba por apagar con los primeros motores del avión.
Él miró su reloj, la opción estaba tomada, el avión a punto de salir y ella, exactamente donde no tenía que estar: saliendo de su camerín y dejando atrás a esa mujer que lloraba por su propia cobardía al optar seguir con sus metamorfosis en lugar de materializar al amor que la esperaba para escapar de un esclavizante contrato. El personaje se mostró frente a cámara con la sonrisa de siempre y el corazón más vacío que nunca.
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