
Convergen en su hechizo su naturaleza seductora y su cruel pasión por la libertad. Ella lo conocía desde siempre... y lo amaba. Pero no podía renunciar a sí misma. Se marchó. Sin remordimientos, sin explicaciones, levantó sus cosas y se fue.
Él quedó en silencio. Como toda persona que realmente ama, se guardó su dolor debajo de varias capas de aceptación porque ella era ella, una golondrina cuando se asoma el otoño. Si intentaba detenerla, iba a destruir su esencia. Se quedó mirándola con los ojos achinados de dolor, reflejando en sus puños apretados la impotencia, y muy en su interior, el corazón contraído como trapo escurrido. Y la vio desaparecer en la esquina. Ni una mirada. Sólo la cabeza gacha entre los brazos tirantes por el peso de la decepción. Ellos ya lo sabían. Ambos se conocían demasiado bien para albergar más esperanza que lo regalado por el tiempo. Ahora sólo quedaban los recuerdos.
Con la voz entrecortada, los labios de ambos se movieron al mismo tiempo sin saberlo: "Volveremos a vernos".
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